♦ Maria Florencia Rua

“Escribir para nadie o para alguien es lo mismo. La premisa fundamental es que estamos solos.”



Actriz y poeta, nacida en Sal temo, Buenos Aires -Argentina el 29 de julio de 1992. Amante del cine y teatro, su escritura dotada de esencia simple y pureza, está influenciada por temas muy característicos como son la infancia, el dolor, la espera. 
Es autora del blog  Quiero decir la lluvia


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¿Quién es María Florencia Rua?

Me pregunto lo mismo.
Creo que la definición de uno se articula en dos partes. Primero la cuestión del nombre, la proyección de los padres. Esto es, las circunstancias: soy un poco lo que hicieron de mí. Es ahí donde aparece mi timidez, mi mirada trágica de las cosas, mis miedos, y a su vez, la concepción del deseo, la intensidad, la fuerza. Tal vez los padres marcan la manera de pararnos frente al mundo, como los primeros autores que uno lee; y todo lo demás sea un aprender a correrse de ese lugar en el que nos pusieron. Mis padres me obligaron un poco a escribir en ese sentido.
Me dieron mucho material. No se puede salir inmune de una casa donde tu papá te pide ponerle puntaje a sus poemas mientras desayunás y tu mamá te explica por qué te peleaste con tus compañeros de jardín desde el concepto de ser en Heidegger. Estoy exagerando pero no tanto. Después de eso está el hacerse cargo. Y ahí es donde no sé quién soy porque creo que se es lo que se hace. En ese punto es casi imposible pensar en una definición porque se está en constante movimiento. Hacerse cargo de la infancia es un proceso que no termina nunca. Es en donde está bien no saber. Me gusta pensar en el curso de la escritura de ese modo, hacer el mecanismo inverso, porque en ese terreno se hace todo más visible: si, por ejemplo, soy lo que escribo, entonces ahora soy alguien que está aprendiendo a soltar lo que fue.


La poesía se torna inevitablemente autobiográfica. ¿Esto es cierto? ¿Te impones un límite?

No sé si es que se torna o, por el contrario, se inicia en un hecho autobiográfico. El impulso nace del sujeto, del cuerpo: no puede recluirse uno mismo de su propia poesía. Ahora bien, después de escribir mucho pueden pasar dos cosas. Por un lado que los datos se vayan agotando y entonces uno ahí sí tiene que registrar y ponerse un límite para no repetirse o repetirse de modo consciente. O, por otro lado, que del empuje de escribir apenas se vislumbre el signo y de ese modo la escritura propia te coloque un límite determinado porque lo que querés decir no se puede decir y entonces inventás otra cosa que pueda traducirlo.


Voy a citarte a vos, en una de mis frases favoritas. “Porque morir es la única manera de entrar a la infancia”.  ¿Qué sentido ha ocupado el entrar a la infancia en tu obra?

Para mí la literatura es la prolongación de la infancia. Escribir es un poco recrear mi jardín de infantes. Es el espacio en donde entro para jugar toda exaltada (casi por obligación) y salgo siempre sin saber nada, con las manos vacías. Me parece que hay que hacer una operación tremenda para volver a no saber. Y que es imprescindible en la escritura. A mí por ejemplo, tener hermanos tan chicos me ayudó mucho para recuperar el asombro, la inocencia. No me interesan los autores que escriben sabiendo lo que van a escribir. Hay que desarraigarse del concepto primero. Por otro lado, la infancia siempre me hace acordar al silencio. Como volver a la madre. Entonces en ese punto, la manera de entrar en la infancia es la manera de entrar el mundo. Escribir es aprender todo de nuevo para darnos cuenta de que no aprendimos nada.


¿Podría decirse entonces, que tus hermanos son de una forma u otra tú mayor influencia?

Sí, podría decirse. Tomás y Sol escriben poemas sin darse cuenta. Y muchas veces son ellos mismos el propio poema porque además ponen el cuerpo. Es difícil a veces aprender el término medio entre hacerlos consciente de la belleza que producen y que a su vez no la pierdan. La diferencia entre el poeta y el niño es sólo ese término medio.


¿Qué opinas del estado actual de la literatura?

No creo en el paraíso olvidado, en ese sentido. A mí me da esperanzas que ya no se pueda ser Borges, por ejemplo. Porque significa apropiarse y entrar en otro lenguaje. Por otra parte, considero muy difícil aproximarse a una conceptualización en el presente de la literatura. Primero porque es presente y segundo porque ahora hay una superproducción notable. Adaptarse a eso es difícil, de vez en cuando irritable, sobre todo cuando la idea de lo que es y no es poesía está un poco en crisis. Hay que configurar otro modo de decir, porque da la impresión de que todo ya está dicho. La literatura de ahora tiene que ver con hacerse cargo de eso, encontrar una voz en un terreno repleto de voces. Yo confío en que esa voz existe.



En Correspondencia Amorosa – escrito a dos manos, con la poeta Noelia Palma-  puede apreciarse una María Florencia diferente. Totalmente sexuada y vulgar. ¿Cuál fue tu proceso de escritura para ese trabajo?

Casi que no hubo proceso. Lo escribimos muy rápido, no corregimos nada, como si lo que tuviera que quedar de todo eso fuera la pulsión sexual. Tener que hablar desde Henry Miller me dio cierta licencia para decir cosas que yo no hubiera dicho nunca. Y me amparé en eso. Escribir con Noelia es siempre fácil porque te obliga a arriesgarte, no te da posibilidad a que te quedes cavilando; entonces habla el cuerpo, el deseo. Ella es mi Marguerite Duras en ese sentido.





Para comparar a alguien con Duras, esa persona debe ser muy relevante y significativa. ¿Cuándo has descubierto tu amor hacia Marguerite?


A Marguerite la descubrí hace dos años. Estaba en una librería y leí ese título tan imposible como Escribir. En ese libro encontré un punto de partida o tal vez le puso nombre a lo que yo ya venía percibiendo y no podía descifrar. Me sentí traducida. Me di cuenta de que era más fundamental darle permanencia al deseo de escribir que al texto expulsado de ese deseo. Es decir, aprendí a no correr al cuerpo de mi propia escritura. El intelecto, en todo caso, está siempre al servicio de ese cuerpo, no por encima.


Duras en una entrevista dijo que mintió cuando escribió ese libro. Que no sabe nada sobre el escribir. ¿Cómo definirías Escribir? ¿Cómo es que se ha escrito tanto sobre el verbo y existen miles de respuestas pero ninguna logra aproximarse del todo?

Duras en esa entrevista lo que hace, en todo caso, es confirmar lo que dice en ese libro: escribir es no saber. Lispector dice "Escribir es esto: ?". Creo que la diferencia de la escritura con la medicina es que un médico cuanto más profundiza en su oficio más aprende y escribir es al revés. Lo único que se aprende cuando se escribe es a perderse, literal y metafóricamente. Insistiendo en lo anterior, escribir es volver a la infancia y la infancia es una construcción permanente. El recuerdo es un invento, una concatenación de imágenes e ideas inconexas que poco tienen que ver con ese hecho en sí, ya vacío. Entonces es como si quisiéramos definir nuestro primer día de jardín. Encontraríamos siempre un modo distinto para decir: no existe. Escribir no existe. Eso es todo.


¿Escribir para quién?

Escribir para nadie o para alguien es lo mismo. La premisa fundamental es que estamos solos. En todo caso escribimos para no darnos cuenta de eso.


Sé además que disfrutas del cine

Sí, pero me siento demasiado aficionada en ese sentido. Es un idioma que no entiendo del todo. Como la fotografía. Hay algo del lenguaje a través de imágenes que me conmueve. Que no sea necesario hablar para decir. El teatro también me interesa desde ese lugar, pero es distinto porque tiene un espacio más concreto.


Artaud en El teatro y su doble ha escrito: “El teatro debe perseguir por todos los medios un replanteo, no solo de los aspectos del mundo objetivo y descriptivo externo, sino también del mundo interno” ¿Estás de acuerdo? ¿Podría decirse entonces que la escritura y las artes escénicas en tu vida van de la mano?

Sí, no se sueltan nunca. La diferencia es que en la escritura más o menos tenemos cierto indicio de a qué nos enfrentamos porque se trata de nosotros mismos. En todo caso el objetivo es entender al otro. En el teatro es la operación inversa: corremos un riesgo un poco más terrible porque tenemos que adaptarnos a lo que el afuera nos propone. El quiebre se genera desde el inicio de otro. Es partir de la premisa contraria: no estamos solos.


¿Cuál te da más libertad? Quiero decir, hablar de vos, con vos no es decir libertad. Encarnarte en un personaje sí, pero no de una forma absoluta. ¿Entonces?

Son dos libertades distintas. La libertad de la escritura tiene que ver con algo más interno. Es un terreno completamente vacío. Entonces en esa soledad soy libre pero el lenguaje (como hablábamos antes) me pone límites. Ahí se da la paradoja: escribir es la búsqueda del silencio. Las palabras me atan a veces. En el teatro la libertad es absoluta desde ese punto porque estar callada es ya decir algo. Pero el límite es corporal: no puedo hacer cualquier cosa con mi cuerpo, no puedo correrme de ese lugar.



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Libros: La anunciación de María Negroni, Diarios de Alejandra Pizarnik,  La pasión según GH de Clarice Lispector, El amante de Marguerite Duras, Crónica de un iniciado de Abelardo Castillo, El Aleph de Borges y Rayuela de Cortázar.

Fotografía: Irving Penn, Robert Frank, Francesca Woodman, Alain Daussin.

Cine: Moonirse Kingdom de Wes Anderson, Nymphomaniac de Lars Von Trier, Annie Hall de Woody Allen, Dónde están los monstruos de Spike Jonze y La vida de Adele de Abdelleatif Kechiche.




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